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Entrevista a Antonio Álvarez, médico voluntario en los encierros de Pamplona

21/01/2010 | Pamplona

Este pamplonés de 55 años, participó durante 16 como corredor de los encierros en Sanfermines. Desde hace más de 30 años “disfruta” de estas fiestas como médico voluntario de la Cruz Roja, en el mismo tramo que corría como mozo: la Cuesta de Santo Domingo

¿De dónde le viene su afición por los encierros?
Un amigo de la cuadrilla me animó. A él le gustaba mucho, él era el lanzado y yo el comedido. Él fue quien me enseñó a correr. Al principio, antes de que el carpintero encendiera la cerilla para lanzar el cohete, yo ya estaba corriendo, y mi amigo me tenía que sujetar de la camisa hasta que él lo creía conveniente y así, poco a poco, cada día me soltaba más tarde, conforme iba cogiendo experiencia.

¿Cómo empezó como médico voluntario?
El mismo año que acabé la carrera estaba haciendo la mili en Madrid y, como premio por aprobar una asignatura que me quedaba, me dieron permiso para venir a Sanfermines. Uno de los días yo estaba en la cuesta de Santo Domingo tras correr el encierro, y un toro cogió a otro corredor a la altura del Marceliano. Todos los corredores hicimos a su alrededor una muralla humana, y había un corredor dentro sin hacer nada. Le dije que se saliera, que yo era médico y ya estaba siendo atendido por una voluntaria tapando la herida con una compresa. Uno de la Cruz Roja me oyó decir que era médico y me pidió que les echara una mano. Hasta hoy. Unos días corría los encierros y luego actuaba como médico, y otros, sólo iba como médico voluntario.

¿Qué hizo que dejara de correr y se volcase únicamente en su labor como médico?
Un día una compañera de Cruz Roja me dijo: “Doctor, si algún día a usted le pasa algo ¿quién le va a atender?” Y ese día me hizo pensar que mi papel estaba más como médico que como corredor.

¿Tiene algún rito antes de los encierros?
Sí, lo tenía como corredor y lo tengo como médico. Me despierto, me lavo, me visto, desayuno, cojo la moto, la dejo siempre bajo la Torre de San Cernin, entro por la bajada de Santo Domingo y, cuando era corredor, allí me ataba bien las zapatillas. Ahora como médico, cuando llego a Santo Domingo busco a la compañera de transmisiones, bajamos a la hornacina, rezamos al Santo, le miro a San Fermín, y nos repartimos el trabajo entre él y yo.

¿Y cuándo comienza su trabajo?
Después de rezar a San Fermín me quito el abrigo y así muestro ya el chaleco de médico. A las ocho menos cuarto nos vamos al vallado a colocarnos bien en el puesto. Nunca me quedo detrás del vallado, siempre me pongo arriba, a caballo entre un lado y el otro para poder saltar con rapidez si hace falta. Otra manía que tengo es decir siempre “hasta mañana”. A mí no se me puede decir “hasta luego”, y mucho menos decirlo yo a ellos. “Hasta luego” significa “en el hospitalillo”, y “hasta mañana” quiere decir “en el encierro”.

¿Has vivido alguna situación tensa durante los encierros?
Ha habido dos momentos que para mí han sido los más fuertes. Uno de ellos fue un chico que bajó desde la entrada a la Plaza del Ayuntamiento hasta nuestro puesto de Cruz Roja, y al llegar me dijo: “Mira, que iba corriendo y de repente he notado que no tocaba suelo, me he dado la vuelta y tenía al toro debajo. Me lo he quitado, y al limpiarme me he manchado de sangre”. Le miré, y tenía un puntazo tremendo a un centímetro del ano, ¡y bajó andando desde el Ayuntamiento!

¿Cuál fue el otro caso que le impactó?
Un mozo que bajó por la acera hacia el puesto con la mano derecha en el lado izquierdo del pecho. Se quitó la mano, y tenía todo el pulmón abierto. Por lo visto, mientras corría se giro para ver por dónde estaba la manada, y en ese giro golpeó él con su pecho contra el cuerno del toro que subía corriendo. La herida era como mi mano de grande. Le pedí a la enfermera que pusiera ella la mano para tapar la herida, y como las mujeres tenéis las manos más pequeñas, se le hundió dentro. Se podía ver cómo latía el corazón. Se le trasladó, y sé que salió bien, dentro de lo que cabe.

Como anécdota, una vez atravesó una manada para ayudar a un mozo que se había caído. ¿Cómo fue esa situación?
Eso dicen, yo realmente no soy consciente de ello. Por lo visto la manada estaba separada, pasó algo delante de mí y lo que hice fue saltar inconscientemente. Yo no lo recuerdo bien, y la verdad es que algo así no debería haberlo hecho. En ese momento no eres consciente del riesgo. Después de que suceden estas cosas es cuando razonas y tu cuerpo entra en tensión, pero siempre después de que ha pasado todo. Es como los corredores, se hace porque se siente, nada más.

En esos casos, ¿tiene algún miedo?
Que se me quede la mente en blanco. Un corredor tiene el miedo de que le coja un toro, yo de que se me quede la mente en blanco. Ese es el fantasma que me rodea, y si algún día me pasa, entonces sí que no vuelvo. Pero ese miedo es el que te pica, lo pasas mal, pero es necesario.

¿Cómo es el trabajo con su equipo?
Como dicen, yo no soy borde, soy “rebordengo”. Mientras no pase nada, tengo buen humor, pero cuando hay una urgencia, no me permito un fallo. Cada uno tiene su función y debe dominarla, es un engranaje. Hay una cosa que me saca de quicio, y es una persona con guantes y esparadrapo. Los que siempre están conmigo, lo saben, pero siempre cae algún novato y se lleva un chorro de bronca de mucho cuidado. No se puede perder el tiempo. Yo pido agua oxigenada y enseguida me la dan, suero, o lo que haga falta. Las manos mías son los demás, mis compañeros.

¿Algo que siempre lleve con usted?
Yo sólo llevo encima tijeras de vendaje, esparadrapo de todos los tamaños, gasas, compresas, guantes y el fonendoscopio. No necesito nada más, aunque en el hospitalillo tenemos de todo. Mi labor es estabilizar a un herido.

¿Ve diferencias entre los encierros de hace unos años y los de ahora?
La gente. En Santo Domingo es curioso; el día 7 a las ocho menos diez hay muchísima gente, a menos cinco hay bastante gente, y en cuanto tiran el segundo cohete sólo quedan para correr los de casa. Santo Domingo es el sitio más peligroso y en cambio, el más seguro, hay que saber correr. Es muy importante que alguien te enseñe a correr, ese es el tramo más rápido de todo el encierro. No hay que correr, hay que volar, tener una buena punta de velocidad.

¿Algo que siga igual?
Es una teoría mía. Hay una cosa que se suele cumplir, y es que si los toros suben Santo Domingo por la izquierda, hay problemas en el encierro y es peligroso. Casi siempre.

Como ex corredor, ¿siente envidia cuando ve a los demás mozos?
Sí, pero no. Yo creo que sentiré envidia el día que no pueda bajar como médico. Los fines de semana nunca estoy en los encierros, salvo si es día 7 ó 14, que entonces sí acudo. Es un trato que he hecho con mi mujer… Y cuando veo los encierros por la tele, lo paso mal, sobretodo si pasa algo: me pongo de muy mal genio y tengo sentimiento de culpabilidad. Y eso que tengo total confianza en el equipo dejo. Es curioso, pero de normal cuando estoy yo no pasa nada, y si falto sí. Antes había un corredor que me decía: “Antonio, yo bajo: si estás, corro, si no estás, no corro”.

¿Es cierto que entre los corredores veteranos hay una relación muy especial?
Sí, hay lazos que se mantienen durante todo el año. Yo te hablo concretamente del grupo de Santo Domingo, que es el que yo conozco. Nos juntamos para realizar comidas, capeas, cualquier acontecimiento es bueno. Incluso hay quienes van a correr juntos los encierros de Tafalla, Falces, Cascante…

¿Ha pensado en dejar de ser médico voluntario y volver a correr los encierros?
Corredor, no. En mis planes no está. Hay que poner los pies sobre la tierra. Mientras pueda “servir para…”. Antes algunas veces tenía envidia, pero yo realmente gozo como médico. Paso la misma tensión y tengo la misma necesidad de ir a los encierros. Yo participo, soy una pieza más, como el carpintero, los policías, las enfermeras, o los toros…

En pocas palabras, ¿cómo se definiría como ex corredor y como médico?
Como corredor, prudente por no decir miedoso. Como médico, vicioso. Sí, porque ya no es afición, sino que ya no puedo dejar de ir.

Muchas gracias Antonio por concedernos esta entrevista, en la cual hemos disfrutado mucho y se nos ha hecho muy amena por las cosas tan interesantes que nos has contado. De nuevo, gracias.

 

Dirigida: Iván Gárriz

Realizada: Julia Blázquez

Fotografía: Aitor Esparza

Lugar: en el precioso hotel "Puerta del Camino", Pamplona (Navarra) 948 22 66 88 www.hotelpuertadelcamino.com


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